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Reportaje: Steven Spielberg.


Por alguna razón que no alcanzo a comprender, cuesta reconocer que Steven Spielberg nos gusta.  Quiero decir, entre los círculos pedantes de cinéfilos, entre los eruditos que hablan mucho de cine clásico y vanguardias, entre historiadores, entre críticos y entre –incluso- algunos cineastas, parece vergonzoso admitir que Spielberg es un buen director de cine, o sencillamente negamos esa evidencia, como si no pudiéramos mezclar su nombre con los de otros de los denominados “grandes”.  Como mucho, le admiten cierto estilo o cierta habilidad para contar historias.  Poco más.

            Nací en 1979, y desde muy pequeño soy aficionado al cine.  Una de mis primeras películas vistas en sala grande fue E.T., y viví en un lugar donde llegaban todas las películas destinadas a ser éxito de taquilla.  Esto es, crecí con Spielberg.  Crecí amando su cine y admirando a ese tipo que me contaba esas historias entretenidas, divertidas, y que me emocionaba con sus imágenes.  Para mí, de niño, Spielberg era un ilusionista.  Así que es difícil ser objetivo a la hora de hablar de este hombre años después de descubrirle.  Sin embargo, ya con canas asomando en lugares insospechados, me creo capacitado para distinguir la pasión y la nostalgia de la niñez, y tomo perspectiva con objetividad y sabiendo más que nunca de lo que hablo, porque naturalmente hoy sé un poco más que ayer.

         
  He terminado mi primer largometraje, hecho con la pasión y los pocos recursos que se suele tener en estos casos.  He leído mucho sobre cine, y he visto ya algo.  He intentado descubrir mucho y comparar, he sido selectivo y también cinéfago.  Y he mantenido innumerables charlas sobre cine con gente que sabe mucho más que yo.  Y después de todo esto Steven Spielberg me parece el mismo director admirable, el mismo profesional cualificado, el mismo artista demoledor que me pareció de pequeño.
            Reconozco que no tiene el don que poseían John Ford o Billy Wilder, el genio de Bergman o Tarkovsky, el poder creativo de Murnau o Eisenstein, la perfección narrativa de Alfred Hitchcock, la grandeza de Fellini o Kurosawa.  ¿Y quién lo tiene?  Más aún, ¿quién lo necesita?  Ya existen ellos, quizás no necesitemos más. Pero no se puede negar que Spielberg es un artesano como pocos quedan hoy día, un artista de la imagen que aún rompe moldes, un técnico infalible e infatigable, y un gran narrador.  Hace años, como muchos aficionados, solía ver Qué grande es el cine, el programa que presentaba José Luis Garci.  A veces me quedaba a la charla posterior, porque me hacía gracia escuchar a esos narcisistas que fumaban en pipa, mientras se regodeaban de haber vivido mucho.  Uno, a ciertas edades, a veces quiere ser así de capullo.  El caso es que, en cierta medida, admiraba a esos tipos, cultos, inteligentes la mayoría, con un montón de anécdotas con las que amenizar las veladas, y la capacidad de reclinarse lo suficiente en la silla como para parecer un artista.  Sabían mucho de cine, lo reconozco, y por eso me gustaba oírles.  Alguno, incluso, me caía bien.  Pero un día Garci nombró a Spielberg.  Lo hizo con respeto y admiración, afirmando rotundamente que era un buen director de cine.  No es que crea que deba ir a misa lo que a ese fulano se le ocurra soltar por la boca.  Pero imagino que un tío que ha visto miles de películas, ha dirigido más de una docena de ellas y ha escrito un montón de artículos sobre cine, tiene algo que decir al respecto.  Digo yo.  Y recuerdo aún pasmado cómo se le tiraban al cuello los culturetas que chupaban allí del bote, por decir semejante cosa.  Cómo se revolvían en sus asientos –a esas horas ya tan reclinados que desafiaban leyes físicas imposibles- negando con la cabeza mientras pronunciaban muchos noes seguidos, recalcando que esa blasfemia no se debía repetir en un programa donde se ponían películas de Hitchcock y Orson Welles, como si fuera una especie de pecado mortal.  Maldije frente al televisor, insulté a alguno y pronuncié “bastardos” mientras apagaba desde el mando a distancia.  He pensado en ello a menudo, y aún no sé qué argumentos tendrán preparados individuos como esos, pero no me importa.  Con el tiempo, he ido repasando la obra de este cineasta, y no hago más que reafirmarme.  Hasta el punto en que creo que incluso en sus peores trabajos (1941HookParque Jurásico 2AmistadLa terminal...), incluída la innecesaria y despreciable cuarta parte de Indiana Jones, está realmente bien en muchos momentos, y alecciona notablemente a muchos que se hacen llamar “directores de cine”.  Demuestra, hasta en estos trabajos tan discutidos, que sabe cómo se dirige una película, cómo se planifican las escenas y cómo se colocan las cámaras, bastante más de lo que pueden decir la mayoría de cineastas en activo.  Es más, con esos títulos llega a dignificar géneros y a mostrar escenas de acción verdaderamente muy bien resueltas, magistrales a veces.  Eso como mínimo.

           
Por si fuera poco, me parece indiscutible que este cineasta es uno de los directores clásicos vivos que mayor número de obras maestras tiene.  Esto en un tiempo donde es muy difícil que un cineasta llegue a firmar tan siquiera una.  Y hay títulos que me parecen que lo demuestran sobradamente: Munich,  A.I., Inteligencia artificial, La lista de SchindlerSalvar al soldado RyanEl imperio del solEn busca del Arca perdida...  Películas donde no sobra ni falta nada digno de mención.  He oído decir que el epílogo de Inteligencia artificial es innecesario y largo, que en Salvar al soldado Ryan hay fallos de racord, que el abrigo rojo de La lista de Schindler es demasiado obvio.  Gilipolleces, habida cuenta la mierda que nos venden a diario.  Si esa capacidad crítica la mantuviéramos siempre, todos seríamos unos eruditos extraordinarios, y este lugar que habitamos no sería el pozo de incultura que es.

          
 Hay algo que he podido notar en cada una de las películas que Spielberg ha dirigido, y he visto cada una de ellas varias o muchas veces: pasión.  La pasión del joven que empieza a hacer los primeros trabajos importantes en el oficio que ha elegido, la ilusión que un niño tiene cuando filma con su primera cámara el choque de dos trenes eléctricos.  Se comenta que, precisamente, Orson Welles comparó el cine con un gran tren eléctrico nada más pisar Hollywood.  Spielberg, el niño que no quiso crecer nunca, el que fue –y de algún modo nunca dejó de ser- “rey Midas de Hollywood”, el que fue hombre más poderoso de la fábrica de sueños, siempre ha mantenido viva esa idea, en cada uno de sus proyectos, y jugó con ese tren eléctrico como nadie.  Disfrutó jugando con él y nos hizo disfrutar.  Y nos hizo entender que un director de cine puede divertirse mucho haciendo las películas que a él le gustaría ver como espectador, y a la vez divertirnos a los demás. Por eso, cuando yo era niño, Steven Spielberg me parecía un mago, acaso el mejor mago del mundo, capaz de transportarme con su magia a cualquier lugar y a cualquier aventura.  Y ahora muchos años después, con el alma corrompida, aún voy a una buena sala cinematográfica, y cuando aparece su nombre noto un sospechoso y conocido hormigueo que me prepara y emociona.  Ya había vivido unas cuantas decepciones importantes en mi vida cuando se estrenó su versión de La guerra de los mundos, y sin embargo pocas veces he sentido esa emoción en un cine.  Pocas veces me he podido implicar en una aventura de ese calibre, de un modo tan convincente y divirtiéndome tanto.  Y a esas alturas no me dejaba embaucar tan fácilmente. Siendo supuestamente una película “menor”, y calcando algunos sketches propios y copiándose a sí mismo en momentos, escenas y situaciones, volviéndose previsible como casi siempre, me pareció y sigue pareciendo una película redonda, que cumple su función a la perfección, y que no muestra fallos de ningún tipo dado lo bien integrado que está todo.  Es lo que es, no engaña a nadie.  Y esa es una de las grandes cualidades de este ejemplar cineasta: su sinceridad.  Si vas a ver una película suya, es fácil adivinar qué te vas a encontrar, y con la fama que precede a cada uno de sus títulos, el espectador puede saber casi a la perfección qué película va a ver.  En otros directores, esto podría resultar tremendamente perjudicial.  No es así en el caso de Steven Spielberg, porque por mucho que sepamos del espectáculo que nos va a ofrecer, nosotros queremos vivir ese espectáculo, ser testigos de ello.  Y es que, de algún modo, por mucho que se diga, este tipo nos resulta irresistible.


          
 Queda claro que nos entretiene, pero además nos emociona.  Un solo plano de La lista de Schindler nos puede bastar. Claro que, aunque a algunos les fastidie, es una película perfecta.  Pero a veces es tramposo, cierto, y en algunos de los trabajos peores de este autor esto acaba siendo muy negativo de puro obvio, como en Amistad.  Y a pesar de todo, con frecuencia, llega a conseguirlo.  ¿Un director mediocre lo lograría?  Jamás.  A veces hay que tener estilo hasta para hacer malas películas.
            Como director de actores resulta igualmente eficaz.  Sólo hay que observar los trabajos de cada uno y comparar.  Parece obvio que Liam Neeson, Ralph Fiennes, Whoopy Goldberg o Eric Bana, han hecho sus mejores papeles para el cine en películas de Spielberg.  Así como Harrison Ford, Tom Hanks, Roy Scheyder, Richard Dreyfuss, Leonardo Di Caprio, Ben Kingsley, Christopher Walken, Jude Law, Robert Shaw, Daniel Craig o John Malkovich hicieron algunos de sus mejores trabajos para este director.


También resulta un director fundamental de géneros.  El cine fantástico y de ciencia ficción no sería el mismo sin su intervención.  Ahí están obras mayúsculas como Encuentros en la Tercera faseE.T.A.I. o Minority Report, otra película que podría ser considerada “menor” y que sin embargo resulta casi perfecta en su concepción y desarrollo, sincera, bien planificada y narrada, y con momentos de gran impacto e inteligentemente resueltos, a pesar de sus pequeños fallos.  Si nos vamos al terror, pocas películas han sido tan decisivas y una influencia tan definitiva en la sociedad como Tiburón.  Cualquiera que la haya visto la recordará sin remedio cuando se bañe en una playa tranquilamente.  Y de sobras conocido es el temor excesivo a los escualos desde que se estrenó la película.  Y porque aún no hemos resucitado a ningún dinosaurio, porque me temo que algo similar ocurriría desde Parque Jurásico.  Pero si nos detenemos en las películas bélicas, Spielberg ha firmado varios de los títulos más impactantes y mejor dirigidos de los últimos tiempos: Salvar al soldado RyanEl imperio del sol y La lista de Schindler, que sin ser una película bélica en toda su pureza, ya que se trata más bien de un drama histórico, resulta una película que comparte aspectos del género de un modo evidente y muy efectivo.  Y fuera de los géneros o en géneros que no parecen apropiados para él, puede mostarse solvente e incluso brillante, como en la magistral Atrápame si puedes, una película deliciosa que hubiera querido firmar el mismísimo Blake Edwards.
            Famoso es, también, por ser un gran descubridor de jóvenes actores.  En algunos casos, el resultado ha sido irritante, como en las dos primeras entregas de Parque Jurásico, pero también es cierto que todos los niños de La lista de Schindler estuvieron perfectos, y que sin él quizás no habríamos oído hablar de Henry Thomas o Christian Bale, que en el caso del segundo hubiera sido una verdadera pena.


            Y no hay duda de que en compañía de sus colaboradores habituales (la co.productora Kathleen Kennedy, el músico John Williams, el director de fotografía Janusz Kamisnski y el equipo técnico de efectos visuales de la ILM de su amigo George Lucas), Steven Spielberg es infalible al menos en los aspectos técnicos de una película.  Y que sus películas son cine en estado puro, por lo que parece muy injusto la crucifixión que algunos le proponen sólo porque fabrica éxitos de taquilla.  Recuerdo que en cierta ocasión leí –o quizás lo oí, o tal vez soñé- que Steven Spielberg era el cineasta que más se había enriquecido con el cine, y a quien más gente había enriquecido.  Ignoro si será cierto, y supongo que a día de hoy ya le habrán sustituído en tan honorable puesto.  Pero en cualquier caso no creo que esto sea incompatible con que pueda ser un buen contador de historias.  Sólo al recordar la tremenda media hora final de Encuentros en la Tercera fase, el punto de vista subjetivo de Tiburón, el camionero hijo de puta de El diablo sobre ruedas, Whoopy Goldberg leyendo las cartas en la preciosa El color púrpura, Christian Bale alucinando con la bomba atómica en la magnífica El imperio del sol, Tom Hanks llorando en Salvar al soldado Ryan o su espectacular comienzo con el desembarco, cualquiera de las pequeñas historias que completan La lista de Schindler, Eric Bana poniendo una bomba en la fundamental Munich, cualquiera de los gestos llenos de sorna de Harrison Ford interpretando a Indiana JonesE.T. y su amigo Elliot enfermos uno al lado del otro, el Tiranosaurius Rex rompiendo la alambrada en Parque Jurásico, la visita al Nueva York inundado de A.I., Tom Cruise huyendo de los marcianos de La guerra de los mundos, cualquier plano de Audrey Hepburn en Always... me hace pensar que aquel niño que jugaba con trenes eléctricos, supo manejar perfectamente ese gran tren al que se refería Orson Welles.


Reacciones: 

5 opiniones personales:

  1. Anda, hola, me resulta gracioso porque precisamente ayer estuve viendo la Lista de Schindler; y me resultaron dignas de comentar 3 cosas; que ya que tengo tiempo y ganas, las comentaré. La primera es que en esta película bajo mi entender, para Spielberg los alemanes son personas que matan judios, sin ningún motivo aparente. La segunda es que creo que la niña que aparece con el abrigo de color, además de que hace que el espectador se fije en la niña; creo que es el detonante para que Schindler decida gastar todo su dinero en salvar judios. Y por último quería decir que en general la película está muy bien contada; pero me sobra el final en color, en donde actores se acercan a la tumba de Oscar Schindler de la mano de aquellos supervivientes a los que han dado vida en la película. Más bien porque el libro bajo que se baso la película esta catalogado como de ciencia ficción. No entendí el final. Un saludo, y seguid escribiendo,..

  2. Anónimo

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  3. Anónimo

    Los nazis matan a seres que no son personas en el mas estricto significado de la palabra. Podria una rata tener esos ojos?

    El final a color es como pasar del recuerdo a la actualidad. Hacen un ritual judio, en cual cada uno deja una piedra en a tumba.

  4. Son verdades como puños. A parte en cualquier foro de cine te encuentras a gente de este calibre que todo lo realizado después de los años 70 son heces de vaca. Se creen más que los demás divinizando a Hitchcock, Welles, Ford, Kurosawas o "Mutenroshis" y no me escondo de decir que algunas de sus laureadas obras me producen tal sopor que ni la vuelta ciclista (con mi respeto para este gremio). Spielberg, Nolan, Mctiernan, Cameron tienen algo que supera a los anteriores y es la atemporalidad (espero que se diga así). Pueden pasar 1.000 años e Indiana Jones será la increíble Indiana Jones. Pueden pasar 40 años y Ciudadano Kane será la película más aburrida de todos los tiempos. Un saludo

  5. soytutioargail a mi me pasa exactamente igual que a ti, me gusta mucho más el cine hecho después de los 70, seguramente porque es con el que me criado y e visto más veces, por supuesto soy al igual que tu un gran fan de Mctiernan, Cameron, Spielberg, Nolan, Fincher, Coppolla, Scorcese etc..., pero eso no quita que uno se flipe también con Kurosawa para mi Los 7 Samurais es una de mis pelis favoritas, cada uno tiene su propio gusto com tu bien has dicho en tu comentario, yo soy de cine muy actual,mi compi Espectro por ejemplo le encantan los clásicos y mi compi Collin le gusta tanto el cine nuevo como el antiguo es decir todo en general, ya has visto que el mismo no se averguenza de que le encanta Spielberg, jejeje :).

    Un saludo soytituoargail!!!! nos leeemos :D